jueves, 26 de noviembre de 2009

CAPÍTULO OCTAVO TANTO GUSTO


Existe una gran reprensión sobre todo lo que implica placer físico y no reparamos en pensar que sin su satisfacción no hay vida buena. Disfrutar nunca será malo mientras no dañemos a nadie, es lo que nos diferencia de ser animales; el sexo con fines únicos de procreación es por el contrario lo que nos aleja de lo humano. Hay quienes temen al placer porque les gusta mucho y los distrae. Otros "disfrutan no dejando disfrutar", ellos son mentirosos o incluso implacables, para quienes lo bueno es lo que nos disgusta hacer y sufrir es más meritorio que gozar, lo que en realidad nada tiene de moral o ético.
Usar los placeres es tener un control sobre ellos que impida que se mezclen con otros aspectos de la vida personal y así nos hacemos ricos. Sin embargo su carácter absolutista puede conducir a un hundimiento debido a la pérdida de interés en cualquier otra cosa. El placer que mata no es placer, sino un castigo. La moderación es el arte de poner el placer al servicio de la alegría, que acepta vida y muerte, placer y dolor. Quienes optan por lo contrario, la abstinencia, desconfían de todo lo que les gusta. El placer más triste es la culpa; pensar en algo más que placer como un crimen es reclamar un castigo. Es falso creer que siempre se goza a costa de otros, el interés y la ayuda que se les de va por otro camino distinto a la complacencia propia.

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