
La ética nos trata de explicar o de enseñar cómo vivir bien entre humanos. Sin embargo hay distintos criterios acerca de lo aceptable y lo inaceptable. Ciertamente es que lo conveniente es aquello sin lo cual se vive, mas no humanamente. Incluso quien comete cualquier crimen, sigue siendo humano pues cuenta con la posibilidad de transformarse. Una característica del ser humano es la imitación, por lo que el modelo que se le da a los semejantes es básico. Muchos son malos porque son desgraciados, están solos, tienen miedo y no saben nada. Lo más valioso que obtenemos de nuestros iguales es la posibilidad de tener la complicidad y cariño de más seres libres, es la forma en que la propia humanidad se refuerza. La libertad no sirve a nada ni nadie, se contagia.
Cuando perjudicamos al que está a nuestro lado, al final el que sale más perjudicado es uno mismo por diferentes razones. Tratar a las personas humanamente es saber ponerse en su lugar; ser conciente que, pese a las diferencias que todos tenemos, siempre se está de algún modo dentro de nuestros iguales; o reconocer sus derechos y razones para considerarlos semejantes y serios como uno mismo. Los propios intereses no son malos, pero sí relativos; lo único incondicional es el de ser humano entre los humanos que conduce a la buena vida.
La clave de todo es sentir cariño y lograr ponerse en el lugar del otro es un arte; se requiere de decencia para ver las cosas a su manera sin ocupar su sitio, pero principalmente se necesita un conocimiento de la justicia. La virtud de la justicia es la habilidad y el esfuerzo para saber lo que nuestros semejantes esperan de nosotros, y esto no se logra obedeciendo leyes que establecen sólo el mínimo de esto, sino amando un poco a cada persona como cosa indispensable para vivir bien.

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